Nuestra desnudez

 

Abrió los ojos como pudo, aceptando la irremediable intrusión de la luz que de manera sesgada entraba por la ventana de la alcoba. Había abandonado la oscuridad que hasta ese momento soportaba, los sueños transcurridos parecían haber llegado a su fin. Las promesas se habían diluido en tanta claridad diurna, en esa mañana luminosa, hecha presente inmediato.

Ahora sentía su sedosa piel de color negro enredada entre las sábanas, perdida en un oleaje de pliegues y arrugas. Se agarró la cabeza con la mano sintiendo entonces la pesadumbre del alcohol y los polvos blancos. Con la otra mano trató de alcanzar la compañía del lecho, pero no encontró más que vacío y de nuevo aquella sensación de soledad que con frecuencia se hacía presente. Pensó entonces que, tan solo era eso, un cuerpo. Objeto de deseos y pasiones. Una mujer como ella, de uno ochenta y cinco de estatura, de pechos grandes y tersos, coronados por grandes pezones que parecen haber sido cincelados sobre la caoba, de caderas sensuales que sabe cimbrear con gusto al caminar con sus largas y esbeltas piernas, de nalgas pronunciadas y redondas, de ombligo tentador que abre el camino hasta su secreto monte de Venus.

Cuánto había amado mientras amaba, pero también, tantas veces había amado sin amar. Ahora tenía el sentimiento de no ser nada mas que aquello que despierta deseo nocturno, que se abandona cuando el sol pone de relieve quién es cada uno. Sintió ganas de caminar por la calle, para poder tener una sensación de libertad que la vida le negaba. Se levantó y se puso una camiseta corta ajustada, de color blanco  para cubrir su torso y se calzó sus zapatos de tacón alto. Andaba con dificultad, fue hasta su bolso para buscar un cigarrillo. Cuando lo sacó buscó el encendedor pero no fue capaz de encontrarlo, entre somnolienta y aturdida, abrió la puerta de la casa pensando pedir fuego a alguno de sus vecinos. Una vez en la escalera su puerta se cerró accidentalmente. Se había quedado fuera de casa, desnuda y con un cigarrillo en la mano que no podía fumar.

Algo la empujó a bajar las escaleras y salir definitivamente a la calle, cuando sintió la brisa de la mañana sintió alivio y comenzó a caminar así por el Paseo de las Delicias arriba.

Los primeros transeúntes la miraban incrédulos y entonces pensó que era mejor despejar todas las dudas, estaba completamente desnuda, para lo cual decidió subirse la camiseta para dejar tambien sus pechos al aire, caminando con elegancia, como si de una modelo de la pasarela se tratara, al menos ella tenía algo que mostrar, su propio cuerpo. Podía exhibirlo con arrogancia.

Según discurría su paseo iba recogiendo las miradas, atónitas y sorprendidas, de todos aquellos a los que se cruzaba. En la esquina del paseo los empleados del Banco habían salido a la calle, avisados por un compañero que se la había cruzado momentos antes, se quedaron un tanto frustrados cuando comprobaron que pasaba de largo, no abriría una cuenta.

Al llegar al quiosco de prensa decidió acercarse a Pepe el kiosquero para pedirle fuego, con dificultad y sin poder pronunciar palabra, le dio aquello que buscaba y la dejó seguir su camino. Al llegar al semáforo de Santa María de la Cabeza tuvo que detenerse, puesto que el disco estaba cerrado. Los transeúntes de su alrededor miraban un poco de reojo, pero un hombre bastante entrado en años dio un rodeo a su alrededor para comprobar que aquello que tenía delante no era producto de esos sueños alimentados por las revistas y las películas, sino una realidad sólida y tremendamente atractiva.

Al otro lado un cura de los de camisa negra y alzacuello esperaba con su maleta para cruzar en sentido contrario esforzándose por mirar hacia otro lado, pero al terminar el cruce, no pudo sino mirar aquel trasero que tan tentador se mostraba. Puede que la incluyera en alguna jaculatoria y lleno de bondad la compadeciera y  pidiera el perdón de todos sus pecados.

Ella siguió su camino, desconocidamente solitario, fumando su cigarro, recibiendo las miradas y los comentarios, pero dejando que la brisa de la mañana fuera capaz de ventilar su vida, para poder así empezar a llenarla de algún sentido nuevo.

En su desnudez podía sentir su propio escarnio, también él de los que imaginaron algo que ella no era y él de los que la criticaban por inmoral. Siguió adelante teniendo cada vez su cabeza más despejada y la satisfacción intima e invisible de haber roto con la oscuridad. Muchos no lo sabrán nunca, pero es posible que, si lo hubieran sabido, hubieran mirado para otro sitio.

31 agosto

 

 

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4 respuestas a Nuestra desnudez

  1. Magali dijo:

    Uno de mis deseos de pequeña era ser invisible para hacer ese tipo de cosas… no ir desnuda por la calle, entonces no pensaba en esas cosas, pero … por qué no?. Yo suelo ir desnuda por playas de Menorca y me gusta pasear por la orilla. Entre los que te miran o no hay de todo, los más recatados miran más, normal y a mi me gusta, no exhibirme, que no tengo el cuerpo de "tu chica" para esas cosas, pero sí sentirme libre sintiendo como el viento y el sol me roza toda la piel ante la gente, libre. Pero claro es distinto, tengo cómplices, no soy yo sola y eso ayuda.
     
    Veo huellas de tu entorno cotidiano ahí. Lo soñaste o algo te inspiró…. como aquella que bailaba… jeje… Lo del cura más que una jaculatoria (miraré que es lo que significa) me parece que le dedicaría esa noche otra cosa con nombre parecido.
     
    Buen relato, aunque le he encontrato algún pequeño fallo de redacción, si me permites la crítica (desde que hice un curso de literatura creativa soy de un repelentillo… sorry).
     
    Un beso Jesus.

  2. Teresa dijo:

    Me voy a quedar con esta frase: Cuánto había amado mientras amaba, pero también, tantas veces había amado sin amar. Ufff me parece tremenda. 
     
    Cuando yo era adolescente, la hija de los dueños de la Papelería de la calle de al lado perdió un día la cabeza y salió de la tienda en pelota picada con cara de ausente y consiguió caminar una manzana antes de que la parasen y la devolvieran a su casa. Decían las mujeres del barrio que estaba con la regla y había cogido frío o algo así, y se había vuelto loca (ya sabes que siempre habían dicho que una fuerte impresión en esos días afectaba a la cabeza, leyendas populares). Durante mucho tiempo le quedó una expresión en la cara como la de esa serenidad que muestran algunas personas retrasadas. La he visto hace poco, me crucé con ella, ella no me conoce y sin embargo yo conozco su historia.
     
    Un beso, "rastrero amigo" (jeje y no es un calificativo con ánimo de ofensa)

  3. Aire dijo:

     Hola…Uno de mis recuerdos es la de bañarme sin ropa en un río, para no ver si algún cazador de los que andaban , me miraban o no, yo no miraba dónde podrían estar. Lo importante era la sensación.
    Sería tan fácil otro tipo de desnudo…? Verdad que no, al menos o sin que la fatiga emocional se te echara encima, pero..si fuera posible…nos sentiríamos así? Puedo exhibirme, y no tengo nada que oculte lo que somos…, sería posible….
    Mmm, tengo curiosidad si tal vez fue verdad lo que cuentas…., esos empleados del banco…?
    Un beso y espero verte pronto, ahora que no se si estoy más libre y más perdida o Quién sabe
    Aire

  4. Aury dijo:

    He leido por ahí un Haiku y me he acordado de este relato tuyo
    dice algo así como
     
    Lágrimas que vertía
    la prostituta negra,
    blancas,… ¡como las mias¡
     
    http://www.los-poetas.com/a/tabla1.htm
    Sufrimos cuando buscamos el sentido a todo y es cuando sentimos todo que dejamos de buscar, o algo así saco en conclusión, tendriamos entonces que sentarnos más y sentirnos a ver que pasa…¿no crees?
    vaya reflexión mas filosoficántropa mas salio a estas horas de la noche,jo 🙂
    Un beso y pasa buen finde.
     

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