El hormiguero

Este rincón me ha dado la oportunidad de conocer a gente muy valiosa, cuando empecé a narrar aquí cosas muy personales, no tenía ni idea pero estaba abriendo una puerta. Por ella he venido transitando en un mundo que inicialmente tan sólo se circunscribía a una pantalla, a unas letras que me alcanzaban vidas de lugares lejanos. Recuerdo bien aquel comienzo, era un momento difícil. Muchas cosas se estaban desbordando entonces, los sentimientos eran confusos. Desde el silencio, tal y como subtitulaba el rótulo de El Hormiguero, fui hablando. Siempre ha sido una especie de diario, que sin darme cuenta sirvió para tomar contacto con aquellos que fueron asomándose, era como si todo lo que iba dejando en él diera la oportunidad a una presencia inesperada. Gente que me ha invitado a viajar, que me ha abrazado y que comparte generosamente cosas de su vida conmigo. Así El Hormiguero empezó a ser un espacio en que los personajes se han convertido en personas de carne y hueso, que han ido fomentando la amistad.

Sin embargo El Hormiguero siempre tuvo  la inercia de las primeras palabras, de los acontecimientos que lo provocaron. Seguramente porque el motivo originario tiene un peso central muy grande que hace que todo lo que en el mismo se cuenta se sienta como un astro atraido por el centro. No es fácil darse cuenta de estas tendencias, en muchas ocasiones nos arrastran las rutinas que evitan hacerse más preguntas sobre lo que internamente empieza a tirar de nosotros.

El Hormiguero tuvo un comienzo y ahora empezaba a intuir que ha llegado su final, que la historia no da mas de sí. Precisamente porque con el paso del tiempo ha habido una historia, ha habido un trayecto. Uno probablemente se siente mas seguro circulando en una órbita fija, pero hay que tomar impulso y alcanzar lo que verdaderamente nuevo se tiene delante. Ahora siento que las razones que me llevaron a abrir este espacio han desaparecido, mejor dicho se han ido transformando y este rincón que decía,  ha dejado de tener sentido. Desde aquí siento que no avanzo ya, por eso he de poner punto final, hasta aquí ha llegado este blog. Queda aquí porque no me pertenece, sin duda es un lugar compartido.

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¡Hola mundo!

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Mi mundo

Esta madrugada me sorprendió mirando por la ventana, aquella vieja ventana de la cocina que se asomaba al mar de tejados y que me hizo crecer mirando un horizonte de cielo abierto. Era una mañana muy gris, con un cielo encapotado, teñido de blanco y negro. Miraba el horizonte como lo hacías tú, en la misma dirección, sin hablar, con la emoción de sentirte allí en la penumbra. Entonces el cielo comenzó a cambiar de color, tomando un tono rojizo que poco a poco se hacía cada vez más intenso. Fui entonces a buscar la cámara de fotos para poder guardar aquel momento mágico en que la realidad se transformaba, mostrando sus entrañas más atrayentes. Todo resultó inútil, no fui capaz de encontrarla en aquella casa, estaba amaneciendo, el sol cambió toda la escena casi sin tiempo para reaccionar. Me miraste entonces y esbozaste tu sonrisa de soslayo. Enseguida pasó la ansiedad por la pérdida, por no poder atrapar el momento que se escapa. Me hiciste sentir bien. Aún sigo aquí, junto a tí, aprendiendo los secretos que no podían nombrarse entonces.

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Agustina

La tarde dejaba caer un atrayente aroma, haciendo que algunas sensaciones se deslizaran por la pendiente de la memoria, hasta desembocar en la tierra firme del ahora. Me encanta seguir el alboroto de los pájaros excitados por la vitalidad que les circunda. De acá para allá sin rumbo fijo, recortando inesperadamente, guiados por un azar mecanizado, que describe una oculta simetría interna. Escuchaba el suave balanceo del mar que servía de música de fondo, yendo y viniendo en una irrupción infinita. Dónde estarás. De repente sonó el timbre del teléfono, lo que me hizo seguir la senda de una huella aguda hasta alcanzar su origen. Hola. Buenas tardes, don Jesús, soy Agustina, de Bodegas Brisket, le pillo en mal momento. Ah, no, no, estaba en un buen momento Agustina. Pues verá don Jesús, le llamaba porque tenemos una buena oferta de ese vino que le gusta tanto. Ah si, ya recuerdo, le dije que había quedado muy satisfecho con el merlot foc, francamente bueno. Mi llamada don Jesús es para comunicarle que seguimos manteniendo el mismo precio de hace seis meses y además le regalamos los portes. Verá Agustina hemos hablado ya unas cuantas veces y con frecuencia seguimos este rito monótono, anodino, en el que Vd. trata de que compré el vino magnífico que sus bodegas producen. Don Jesús no quiero molestarle, si le interrumpo o le viene mal ahora, puedo llamarle en cualquier otro momento, le pido mil disculpas. No, no Agustina precisamente ha llamado en el momento oportuno, tiene el timbre de voz adecuado para este momento especial. No le comprendo. Claro quizás no esté anotado en su guión, pero irrumpió esta tarde aquí, en el momento en que yo la estaba esperando; eso por fortuna no viene en los manuales de la entrevista comercial, pertenece a un espacio de comunicación diferente, que no menos eficiente para la venta. De verdad don Jesús no le entiendo. Es sencillo nos conocemos hace ya un tiempo, hemos hablado puntualmente estos últimos años, varias veces; escuchar su voz me relaja, tiene un timbre firme y grave muy agradable, con ciertas pinceladas de sensualidad; con certeza le diré que la primera vez que contactó conmigo, no se quién le daría mi teléfono, fue su voz la que logró cerrar la venta, me convenció cuando me dijo que volvería a llamarme para conocer el grado de satisfacción que me había proporcionado el producto y la calidad del servicio prestado, no podía dejar pasar esa nueva oportunidad de escucharla. Siempre intentamos ser buenos profesionales, don Jesús, es nuestro trabajo. Me gustaría que ambos dejáramos escapar nuestra imaginación y que esta conversación se convierta en encuentro a deshora, embaucado por la magia de esta tarde, que poco a poco va cambiando de color. Me deja Vd. don Jesús sin argumentos, ahora no se que decirle. Qué bien Agustina hemos perdido el rito. Y ahora. Seremos un poco más nosotros mismos.

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Quedarse en casa

 

"Pero ayer la ciudad misma se había convertido en mi recuerdo de marinero -al mismo tiempo recuerdo y realidad- y me había dejado llevar a la deriva a lo largo de las boyas. Quizá sea ésta la más profunda melancolía del viajero, que la alegría del regreso siempre está mezclada con algo más difícil de describir, que aquello que has echado tanto de menos también puede seguir existiendo sin ti, que deberás quedarte para siempre allí -donde se encuentra esto- si quieres tenerlo verdaderamente contigo. Pero para ello tendrías que convertirte en alguien que no puedes ser, alguien que se queda en casa. El auténtico viajero vive de su desgarramiento, de la tensión entre el volver-a-encontrar y el volver-a-dejar, y al mismo tiempo ese desgarramiento es la esencia de su vida, no pertenece a ninguna parte. En el todas-partes que frecuenta constantemente faltará siempre algo, es el eterno peregrino de lo carente, de la pérdida, e igual que los auténticos peregrinos de esta ciudad está buscando algo que estaba aún más lejos que la sepultura de un apóstol o la costa de Finisterre, algo que hace señas y permanece invisible, lo imposible".

Desvío a Santiago – Cees Nooteboom 1992

 

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Para los que se desmueren y logran lo que era un imposible

…pero aquí abajo abajo

cerca de las raíces

es donde la memoria

ningún recuerdo omite

y hay quienes se desmueren

y hay quienes se desviven

y así entre todos logran

lo que era un imposible

que todo el mundo sepa

que el sur también existe.

Mario Benedetti

Se acerca el 5 de marzo, hoy tres del tres. No acudiré a la cita por prescripción facultativa, pero el viento me llevará hasta las altas tierras del embrujo, donde me dejé caer un día. Esta primavera surgirán brotes nuevos que la naturaleza regala por doquier y seguiremos gozando del empuje que nos hace alcanzar las intersecciones. De norte a sur irán dejándose sentir los clamores en que se desgrana, cómo te va, en dejar correr los ríos de misterios que nos acontecen y que sólo se dejan sentir así en este círculo mágico.

No hablaré de los aquelarres nocturnos, pero pórtense bien, que la zarabanda pondrá al descubierto todo lo que secretamente guardamos en los bolsillos y que  en esas noches se escapa como el humo que circula libremente guiado por el éter vibrante que transmite la luz, el calor y las energías más recónditas.

Me quedo esta vez en casa mirando hacia el sur, donde la utopía sale a tomar vinos y los sueños pasean con volantes multicolores.

 

 

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La plataforma

 

Miraba el paisaje, nada podía detenerlo. Pasaban por un tramo lleno de alternativas cambiantes, en formas y luces. Todo se movía aprisa, como tantas cosas que pasaban por la cabeza de Marta. Su niño saliendo del colegio, las prisas en el trabajo, la torre de ropa para planchar. Ella al fin y al cabo que transitaba a toda velocidad, tratando de alcanzar tantas metas. El paso del tiempo dejó caer un sopor placentero y un sueño reparador le hizo perder la consciencia de ese presente ajetreado.

Fue entonces cuando camino a lo largo del pasillo de aquel vagón hasta la plataforma, allí podía escucharse un sonido estrepitoso que hacía sentir la velocidad a la que se movía el tren. Aquel baño de realidad la hizo detenerse para mirar por la rendija de la ventana. Comenzaba el atardecer y sus oídos se estremecían del ruido provocado por todo el metal rodante sobre las inmóviles vías. El hierro pesado galopaba firme venciendo pequeños saltos que algunas irregularidades provocaban a su paso.

Regresó la sensación de soledad, aquella que le asaltaba cada tanto; la verdad que aquel sonido estridente le hizo sentir que ella era la única viajera del tren, aislada entre cuatro paredes estrechas y circundada por la sinfonía de metal en marcha. Cerró los ojos y se dejó llevar, pareció verse desde fuera del tren, pasar a gran velocidad, acercándose y alejándose repentinamente. Ya era de noche y la luz era muy tenue en la plataforma. Entonces echó mano del bolso y sacó un cigarrillo, inmediatamente recordó que ahora está prohibido fumar en los trenes, incluso en los escondrijos de un servicio. Hizo ademán de regresar el pitillo al bolso cuando en ese instante se cruzó otro tren en dirección contraria, que la sobresaltó. Una luz vertiginosa cruzó la estancia y la hizo respirar profundamente, después regresó el ritmo conocido y pareció que todo quedaba en calma, como si todos se hubiesen ido. Así es que muy despacio volvió a sacar el cigarrillo y lo encendió ceremoniosamente, dando una calada profunda. No miró a su alrededor, simplemente apoyó su cabeza sobre el cristal de la ventana y miró hacia arriba en la dirección del humo que comenzó a huir por la rendija.

En ese momento se abrió la portezuela del otro vagón y apareció un hombre, que la miró fijamente, recordándole que no podía seguir haciendo aquello. Marta le mostró el cigarrillo como haciéndose de nuevas, como si en realidad no se hubiera dado cuenta de que estaba fumando, en un sitio prohibido. De manera repentina apagó la ceniza contra el filo metálico de la puerta.

Es mejor para su salud –le dijo el hombre

Cómo dice –respondió ella, que apenas podía escuchar por el estruendo

Que digo –alzó la voz- que no es nada bueno fumar.

Ah! gracias, -respondió esbozando una sonrisa trastabillada- no me di cuenta, aunque no pueda creerlo, por un momento pensé que estaba lejos de este tren.

El hombre se quedó mirando, examinando cada uno de los rasgos de Marta, su cabello moreno, sus pómulos pronunciados, sus ojos un tanto cristalinos, su cuello delgado, iba vestida con un suéter ajustado que hacía muy atractiva su figura, junto con sus vaqueros de viaje. Pensó que él no había escuchado lo que le decía.

Sabe –continuó dejándose mirar- pensé estar en otro lugar, así es que no caí en lo riguroso de esta norma, además me había asustado y cuando siento miedo enseguida me vienen las ganas de fumar.

Él se recostó en la puerta y comenzó a mirar las luces que discurrían en la noche al paso del tren, como si se hubiera quedado absorto por alguna visión. Ante esta actitud Marta intuyó que no podía escucharla bien, aquel sonido ambiente no hacía de aquel lugar el mejor para ponerse a charlar amigablemente, costaba trabajo prestar atención y seguramente a él no le importaba mucho lo que le pudiera ocurrir. Tan solo se había limitado a hacer que no le molestara con el humo.

Es curioso amigo –continuó seguramente para sí misma- pero imagine que esto fuera la barra de un bar, en el que nos hemos encontrado casualmente. La música está muy alta, estamos bebiendo una copa, yo fumaría mi cigarrillo y su mirada habría atravesado el umbral de preguntarme algo, intentando entablar conversación. No es fácil conversar, pero en la barra de un bar siempre uno se compromete con el empeño de abrirse paso, como si hubiera llegado al final de una estación en la que sin duda tiene que encontrar el destino.

El hombre la miró intentando entender aquello. Mientras ella pensaba que estaba hablando sola, mirando a la pared contraria con la colilla en la mano.

Ahora los trenes –continuó- cada vez viajan a mayor velocidad, el tránsito ha de ser casi instantáneo. Apenas hay tiempo para saber que uno está cambiando de lugar, para que tome conciencia de que algo le está pasando. Pero sabe, uno cuando se sube a un tren y comienza el viaje, no es el mismo que se baja al llegar al destino, hay cosas que hubo que vencer, la resistencia a trasladarse, siempre hay algún apego en el origen, el miedo a lo desconocido, perder el control de donde uno está. Por eso creo que no solemos hablar con desconocidos cuando viajamos.

Nuevamente se produjo el cruce con otro convoy en dirección contraria que hizo reaccionar al observador callado.

Verá –le dijo entonces al oído- hagamos que no estamos viajando, o mejor, pensemos que esta plataforma puede ser un destino, el final de una línea que permitió conocernos.

Marta se sintió atraída por la propuesta.

Por un momento estaba soñando que viajaba en este tren –gritó ella para que le escuchara bien- pero seguramente sólo fumaba un cigarrillo solitario.

Pues hágalo con libertad –la animó- en este lugar no hay trabas para ello.

Juntos se miraron y poco a poco les fue envolviendo el humo del cigarrillo. Marta cerró los ojos y disfrutó de aquel instante tan placentero, poder fumar con libertad.

Fue entonces cuando una ligera tos la despertó del sueño en que se había sumergido, ahora ya casi estaba llegando. Una voz avisó de la llegada y les previno de que no olvidaran ningún objeto personal en el tren.

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